Un atardecer cualquiera, salir a caminar sin el peso de una boda a cuestas o un encargo por entregar, solo a respirar. Eso hice hoy con mi esposo. Salimos a dar una vuelta y nos acercamos a Comstock, un rincón que lleva consigo el pulso del ferrocarril y una vibra de pueblo con historia que siempre me saca una sonrisa.
Llevaba conmigo la cámara y el Canon 28-70mm f/2.8. No iba en plan de sesión ni con un guión en la cabeza; simplemente me dediqué a encuadrar lo que me llamaba la atención. Y es que, pensándolo bien, creo que una de las cosas más bonitas de ser fotógrafo es justo esa: la capacidad de ver las cosas de otra forma.
Muchas veces me dicen: “Es que aquí en Piedras Negras no hay nada, no hay lugares bonitos”. ¡Aaay, gente, claro que los hay! Todo depende del cristal con que se mira. Donde alguien ve una esquina cotidiana, una pared gastada o un camino aburrido, nosotros vemos cómo entra la luz a una hora específica. Con el ángulo correcto y en la hora adecuada del día, lo ordinario se vuelve una imagen padrísima. No es que el lugar cambie, es que hay que aprender a verlo con otros ojos.
Estos días mi rutina ha sido un poco así: estar frente a la pantalla mejorando la página web, organizando ideas y haciendo un poco de retrospectiva sobre el camino recorrido. Así que salir a caminar con la cámara fue como una pausa necesaria para conectar de nuevo con la razón por la que empecé en esto.
Las fotos de hoy no tienen una fórmula exacta; la luz cambiaba a cada paso y los ajustes variaban en cada disparo, adaptándome al momento. Les dejo aquí un pedacito de esta caminata y de cómo se ve el día a día cuando nos detenemos a observar con atención.






















